
Imagen del destacado fotógrafo melipillano, Mario Cornejo.
Durante buena parte del siglo XX, la vida cotidiana de Melipilla estuvo acompañada por los retratistas populares que recorrían plazas, ferias y eventos comunitarios con sus cámaras de cajón o equipos portátiles. En una época en que las fotografías no eran un recurso inmediato, estos profesionales cumplían un rol fundamental: capturar momentos familiares, registrar celebraciones y resguardar la memoria visual de la ciudad.
Fue en este contexto donde nombres como Mario Cornejo adquirieron un lugar especial en el recuerdo de miles de familias melipillanas. Su trabajo formó parte de una tradición artesanal que combinaba técnica, paciencia y una profunda conexión con la comunidad. Los fotógrafos de calle no solo ofrecían un servicio, sino que ayudaban a retratar una ciudad en transformación: sus paseos dominicales, sus encuentros sociales y la vida cotidiana que hoy constituye parte esencial del patrimonio local.
Con el paso de los años, la modernización de los equipos fotográficos y la llegada del color fueron cambiando el oficio, pero la figura de estos retratistas permanece como un símbolo de cercanía y memoria. Su legado sigue vivo en los álbumes familiares que resguardan escenas de un Melipilla más pausado, donde cada fotografía era un acontecimiento y cada retrato, un testigo de época.

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