
EL DEPORTE COMO ESCUELA DE VALORES
Hola, cómo están. Me ha llamado mucho la atención la actitud que tuvieron algunos jugadores de fútbol de Argentina, tras perder la final del mundial frente a España.
Vivimos en una sociedad donde el éxito suele medirse por los resultados, las estadísticas o los trofeos. Sin embargo, el verdadero aporte del deporte creo que va mucho más allá de una victoria o una medalla. Su mayor fortaleza radica en su capacidad para formar personas, transmitiendo valores que acompañan a niños, jóvenes y adultos durante toda la vida.
Quienes hemos tenido la oportunidad de practicar deporte o de trabajar en él sabemos que cada entrenamiento representa una oportunidad para aprender. La disciplina de levantarse temprano, el compromiso de cumplir con los compañeros, la perseverancia para enfrentar las derrotas y el respeto hacia el rival son enseñanzas que difícilmente se olvidan. En ese sentido, el deporte se transforma en una auténtica escuela de valores.
El sociólogo Pierre de Coubertin, impulsor de los Juegos Olímpicos modernos, sostenía que el deporte debía contribuir al desarrollo integral del ser humano, promoviendo la amistad, el respeto y la búsqueda de la excelencia. Estos principios continúan siendo la base del Movimiento Olímpico y recuerdan que competir no significa únicamente intentar ganar, sino también crecer como persona.
Desde la psicología del deporte, Weinberg y Gould (2019), destacan que la práctica deportiva favorece el desarrollo de habilidades sociales, la responsabilidad, el autocontrol y la cooperación cuando existe una adecuada orientación por parte de entrenadores y educadores. Es decir, los valores no aparecen de manera automática; requieren ser enseñados y reforzados mediante el ejemplo cotidiano.
En la misma línea, Simon (2015), uno de los principales referentes de la ética deportiva, plantea que el deporte constituye un espacio privilegiado para la formación del carácter, siempre que se practique respetando las reglas, la honestidad y el juego limpio. El denominado fair play no es simplemente aceptar las normas de una competencia, sino comprender que el respeto por los demás es un componente esencial de toda actividad deportiva.
Lamentablemente, en ocasiones observamos conductas que contradicen estos principios, como la violencia en las galerías, agresiones a los árbitros, presión desmedida sobre niños y jóvenes o la idea equivocada de que ganar justifica cualquier comportamiento. Estas situaciones nos recuerdan que el deporte, por sí solo, no educa. Son las personas que lo rodean como la familia, entrenadores, dirigentes, profesores y autoridades,, entre otros, quienes tienen la responsabilidad de convertir cada experiencia deportiva en una oportunidad de formación.
Es importante que Chile tenga como prioridad una cultura deportiva donde el respeto, la solidaridad, la responsabilidad y el trabajo en equipo tengan la misma importancia que los resultados. Cuando un niño aprende a aceptar una derrota con humildad, a felicitar a quien ganó o a esforzarse por alcanzar una meta personal, está desarrollando competencias que le serán útiles en la escuela, el trabajo, la familia y la vida en sociedad.
Por ello, cada vez que apoyamos el deporte estamos invirtiendo en algo mucho más valioso que una competencia. Estamos contribuyendo a formar ciudadanos íntegros, capaces de convivir con respeto, enfrentar desafíos con perseverancia y comprender que el verdadero triunfo no siempre se refleja en un marcador, sino en la calidad de las personas que llegamos a ser.
Pablo Jara Quinteros
Profesor de Educación Física
Magister en Gestión deportiva
pablojaraquinteros@gmail.com
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