El mejor profesor
Nelson Retamales Tirado
Yo no sé si, cuando me desempeñé como profesor -primero, en básica, luego, en media y, finalmente, en educación superior- fui bueno o malo, pero, medio parafraseando a Sócrates, “solo sé que” cada vez que me encuentro con un alumno, al menos guarda un buen recuerdo.
Tan bueno no sería, porque nunca me ofrecieron un cargo superior, ya que, suele usarse que, a un profesor destacado, pronto y equivocadamente para mi gusto, “lo ascienden” a inspector general e incluso, a director del establecimiento, al menos por el tiempo que resta para el concurso público.
Aunque en verdad, en los tiempos que vivimos ya no necesitamos profesores buenos, sino fuertes, “cuero de chancho” y valientes para enfrentar la violencia que impera en los colegios y universidades. Ya lo decía el domingo pasado: el progresismo ha progresado -valga la redundancia- más allá de lo prudente y protege a los hijos contra sus padres, cuando estos tratan de corregirlos, inhibiendo su actuar y generando verdaderos pequeños “mostros”, de la misma forma como cuando los pares, aplauden a quienes atacan policías o queman iglesias.
Pero me fui para otro lado. Normalmente, al mejor profesor de una escuela, lo eligen para dirigir el establecimiento en la esperanza que lo haga tan bien, como cuando era profesor y el resultado, casi ineludible, es que se pierde al mejor profesor y se gana un pésimo director.
En algunos cargos de gobierno, ha ocurrido un poco eso, pues si coloco a un exitoso fiscal en la persecución del delito para fortalecer la seguridad, podría alimentar la idea de que sería un excelente encargado, pero terminamos en el karma del mejor profesor y así, podríamos perder un excelente persecutor y ganar un no muy bueno jefe de seguridad, menos, cuando se dice que podría usar el cargo para cobrar “viejas facturas”, por hechos ocurridos, digámoslo así, en la “otra vida” laboral.
Peor sería si generara una discusión pública respecto de cuáles son las facultades de ciertas autoridades y cuándo se deben dejar los personalismos de lado, sobre todo, cuando se está en tareas de Estado, que requieren altura de miras y ponderación.
Sin duda, los nombramientos de la exclusiva confianza del presidente de la República son eso y no otra cosa y, por tanto, nadie puede inmiscuirse en ellos, no obstante, es deber de los más cercanos, hacer ver algunas falencias que, en todo gobierno que se inicia, se van a cometer.
En esto no hay que ser de gobierno u oposición para calibrar cuestiones, simplemente, hay que ser justos en el análisis -sin ideologismos- y ver las cosas como son y no como uno quisiera o esperara que fueran.
Lo sano es que el mejor profesor siga siéndolo y no matarlo creyendo que sus virtudes, lo seguirán en otras tareas a las que no estaba habituado ni preparado.
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