
Ambiente raro

Por Nelson Retamales Tirado
Después del descanso periodístico de Semana Santa -la cual nos brinda paz, amor, recogimiento, respeto y reflexión- volvemos a retomar la rutina y es así como hoy, entre tantas otras cuestiones, no puedo dejar de escribir sobre el grave clima que se vive en los establecimientos educacionales, desde los que albergan a los de más tierna edad, hasta aquellos que acuden tras una profesión, para realizarse en la vida.
La violencia se ha enseñoreado en los planteles de educación media y universitaria y excepcionalmente, en la básica, respondiendo a diversos patrones: uno de ellos, la excesiva libertad que el progresismo reclama para los menores, preparándolos para apropiarse de las decisiones que competen a los mayores, como es el caso del excesivo celo en la protección del niño en que, por ejemplo -me consta- un menor de 12 años acusa en el colegio a su madre, de haberle dado una palmada; la unidad educacional respectiva hace la denuncia a Carabineros y, estos, al Tribunal de Familia, lo que origina un juicio de protección al menor con la intervención de jueces, consejeros técnicos, abogados defensores de los padres, defensores de la niñez, curadores ad litem, informes de psicólogos, ingreso a programas de rehabilitación, de competencias parentales, etc., y finalmente, termina sobreseído, con todo el gasto que involucró.
Al final, consta, los niños pierden clases, se afectan, lloran al ver a sus padres afligidos por algo que, en el pasado no lejano, se consideraba el derecho de los padres a educar a sus hijos y estos a mantener el debido temor reverencial hacia sus padres.
Peor aún, es el clima en la educación media y más todavía, en la universitaria. En Melipilla hemos sido testigos de cómo un estudiante dio muerte a otro en plena Plaza de Armas y a plena luz del día y, el horroroso hecho sucedido, no ha mucho, en Calama, en el que un estudiante dio muerte a una paradocente, hirió a otra y a varios estudiantes, hecho que, para fortuna de la sociedad, el agresor tenía 18 años y por tanto se le imputó como adulto y no como menor, con todo lo que ello significa en protección.
Esta misma semana, en Valdivia, estudiantes que uno cree inteligentes por cursar educación superior, no hallaron mejor forma de protestar -por cuestiones tal vez legítimas- que, agredir a una mujer -primero, mujer, por todo lo que significa la postura feminista que defienden- y, luego, autoridad de Estado.
Los bárbaros -en el sentido más ruin del concepto- deben ser duramente castigados, primero, identificados y luego perseguidos con todas las herramientas que nuestro derecho provee y, evidentemente, expulsarlos del sistema -digo, del sistema- y recuperar todo lo que eventualmente el Estado haya gastado en ellos, con las acciones judiciales que corresponda, pues por mucho que, como dije, sus demandas sean legítimas, no pueden reclamarlas como se hacía en la edad de piedra. Esas personas -que nos las creo estudiantes- deben ser excluidas del sistema, así de simple, aunque suene duro. Lo anterior, porque, aun creyendo en la rehabilitación, cuando se les ha adoctrinado desde muy pequeños, solo un milagro los reconvertiría, pero, ellos no creen en milagros.
Los golpes blancos deben prevenirse y no esperar que maduren, como casi le ocurrió a Piñera.
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