
A propósito del municipio y valor

Por Horacio Hernández Anguita.
Fundación Roberto Hernández Cornejo
El 18 de abril pasado en este diario, Gonzalo Serrano del Pozo publicó una interesante columna, “Desastre financiero de Valparaíso”, aludiendo a una obra de Roberto Hernández Cornejo, publicada en 1943, donde muestra su trágica vigencia. Por eso, dice Serrano, con dejo amargo, que desde 1930 a esta parte, “lamentablemente, pareciéramos estar inmersos en círculos viciosos (…) que se han agravado por malos alcaldes”.
La obra de Hernández, comentada por Serrano, se titula “El desastre financiero de la municipalidad de Valparaíso”. Es una recopilación de artículos periodísticos e históricos en torno a la situación financiera del cabildo porteño. A propósito de eso, se puede advertir que el municipio es para Roberto Hernández una institución democrática que valora. Posee un lugar especial en su pensamiento. Tal vez, por la propia experiencia vivida, porque desde niño y joven, hasta que partió de Melipilla a Santiago en 1902, pudo acompañar a su padre, don Wenceslao Hernández, en su activa participación en la cosa pública local. Tanto, que, en 1900, fue don Wenceslao primer alcalde, y por años, se mantuvo vinculado a la labor edilicia.
Don Roberto pone empeño en la probidad y honradez que debería corresponder a las finanzas municipales, pero que, para desgracia, sufría entonces menoscabo completo. Por tal motivo, el tópico municipal surge. “Los cimientos de la libertad política –dice- consisten en la libertad municipal. El vigor y la firmeza de una nación no reside tanto en los gobiernos centrales, cuya acción no puede llegar a todas partes, sino en otros organismos menores, que son la base del conjunto. Los intereses generales corresponden al gobierno central, y los intereses locales a las Municipalidades; y es esta multitud de intereses locales la que forma el conjunto que llamamos interés nacional, en todas las manifestaciones de que es susceptible”.

Como vemos, hay aquí una comprensión de dos realidades políticas fundamentales: la de los gobiernos locales, representado por los municipios y la del gobierno central. Es necesario entender que, para Hernández, los fundamentos de la libertad política son posibles, ¡si existe la libertad municipal! Pero, si el municipio está cautivo, no puede llevar adelante los propósitos en bien de la comunidad local. En cambio, el gobierno central no debe ser freno o asfixia para ello, sino que está llamado a cautelar el espacio comunal libre en bien del desarrollo local. Los intereses del gobierno central, por tanto, abarcan el conjunto del “interés nacional”, pero éste, consiste en la “multitud de los intereses locales”. Visión muy viva y dinámica de la comunidad política organizada.
Hernández recuerda hechos pasados configuradores de la comunidad local, en los momentos de crisis a lo largo de la historia: “La acción de las municipalidades o de los cabildos –dice- ha sido decisiva en las mayores crisis que han debido afrontar los pueblos. La antigua monarquía española sintióse un día oprimida por el genio militar de Napoleón I y el viejo trono se desmoronó; pero el país encontró la vida allí donde estaba, en los cabildos y ayuntamientos que tomando sobre sí la gran responsabilidad que imponían las circunstancias, asumieron la dirección de los negocios públicos, levantaron el sentimiento patrio y contribuyeron poderosamente a la salvación de la antigua nacionalidad.
Al mismo tiempo que sucedía todo esto en la península, en la América Española, los cabildos o municipalidades fueron centros del movimiento revolucionario que trajo como último resultado la independencia y la aparición a la vida de las naciones de muchas importantes Repúblicas”.
Lo dicho no impide ver peligros. Por desgracia, también existe en las comunas, la corrupción, venalidad y componendas políticas, desvirtuando así el sentido de atender y servir a la comunidad local. Cuando esto ocurre, hasta se hipotecan los recursos con rapaces triquiñuelas. Por eso, agrega Hernández: “El interés del país consiste sin duda alguna en hacer del Alcalde Municipal un alto funcionario, con independencia y responsabilidad, y no que lo convirtamos en un funcionario de embeleco, sin consideración y sin prestigio, entregado a las cábalas políticas en lo que éstas tienen de más contrario y pernicioso a los intereses de todo el vecindario”.
Estas lúcidas nociones de don Roberto, estimo, son apropiadas para nuestra actual contingencia nacional y local.
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