
¿EN QUÉ MOMENTO NOS OLVIDAMOS DE «El PROCESO DE CONVERTIRNOS EN PERSONAS» ?
El otro día, en la micro llena de las siete de la tarde, vi una escena que me dejó pensando toda la semana. Un señor de unos setenta años, cansado tras una jornada eterna de trabajo, subió tambaleándose. A su lado, un joven con audífonos gigantes miraba fijamente la pantalla de su celular, ocupando el asiento preferencial. El anciano casi pierde el equilibrio en una frenada brusca, pero nadie se levantó. No hubo mala intención explícita, ni un grito, ni un insulto; simplemente hubo indiferencia. Una desconexión total. Ese pequeño momento en el transporte público no es un hecho aislado: es el reflejo exacto de la sociedad en la que nos hemos convertido.
En estos tiempos, parece que nos enseñaron a que cada uno vive en su propio mundo. Bajo el discurso de que «cada quien es libre de vivir a su manera», hemos terminado por justificar y normalizar conductas agresivas, violentas o derechamente antisociales. Confundimos la libertad personal con la falta de respeto hacia el otro, aceptando actitudes disruptivas como si fueran simples «estilos de vida» o rasgos de personalidad que hay que tolerar.
Sin embargo, cuando hablamos de valores universales, debemos recordar su propósito original. Los valores no son reglas aburridas del pasado ni imposiciones arbitrarias: son principios diseñados para hacerle bien a quien los aprende, los practica y los comparte con su comunidad. Convertirse en una persona con habilidades y recursos personales, no ocurre por arte de magia; requiere un proceso de moldeamiento, de toma de conciencia y de un entorno social y familiar sano que nos enseñe a tomar decisiones correctas con libertad, pero también con responsabilidad.
Principios esenciales como el respeto, la solidaridad, la empatía y la responsabilidad no pueden quedar en el olvido. Son el pegamento básico que nos permite convivir sin destruirnos en el intento. De hecho, la propia ciencia ha demostrado ampliamente que las conductas, elecciones y habilidades socioemocionales que aprendemos influyen directamente en nuestro bienestar. No da lo mismo cómo vivimos ni cómo tratamos al de al lado; la forma en que habitamos nuestro espacio colectivo define nuestra verdadera calidad de vida.
Es momento de hacer una pausa y reflexionar en profundo. Necesitamos volver a conversar, a mirarnos a los ojos y a trabajar en conjunto dentro de la comunidad. Si normalizamos una cultura sin valores que nos unan, terminamos viviendo en una selva donde reina el individualismo. Recuperar la empatía en lo cotidiano no solo le hace bien al que la recibe, sino que nos transforma y nos devuelve la dignidad como sociedad.
Ni hay amor propio, sin límites y sin mirar también afuera, somos nosotros y los otros.. Vamos siendo.
Daniela Foster Muñoz
Orientadora Familiar – Relaciones Humanas
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