
«No podemos evitar todos los conflictos, pero sí podemos evitar que las personas tengan que atravesarlos en completa soledad».
Una reflexión desde la orientación familiar sobre la salud mental, la soledad social y la necesidad urgente de recuperar la humanidad en nuestros sistemas de apoyo.
Nos preguntamos constantemente qué está pasando con la salud mental de nuestros niños, niñas y adolescentes. Nos preocupan sus silencios, sus conductas, sus emociones, sus dificultades para relacionarse y las señales de sufrimiento que muchas veces no sabemos interpretar. Buscamos respuestas en las escuelas, en los programas de intervención, en los equipos profesionales y en las políticas públicas. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos atrevemos a formular: ¿quién está sosteniendo a las familias que intentan sostener a sus hijos mientras ellas mismas atraviesan situaciones que las desbordan?
Escribo desde tres lugares que forman parte de mi identidad: soy mujer, soy madre y soy profesional. Desde esa experiencia, observo una realidad que merece nuestra atención: detrás de muchos procesos complejos hay personas que, además de enfrentar sus propias dificultades, deben aprender a sobrevivir a la incertidumbre, al juicio social y a la sensación de no ser escuchadas.
Cuando una familia atraviesa un proceso judicial, una denuncia o una situación que involucra el bienestar de un niño, niña o adolescente, comienza un camino que puede ser profundamente desgastante. Hay procedimientos que deben cumplirse, antecedentes que necesitan revisarse y responsabilidades que deben establecerse. La protección de la infancia es irrenunciable, y toda denuncia debe ser tomada con seriedad. Del mismo modo, toda persona tiene derecho a ser escuchada, a recibir un trato digno y a contar con las garantías que correspondan.
Pero ¿qué ocurre con las personas mientras esos procesos avanzan? ¿Qué sucede cuando la incertidumbre se prolonga, cuando las relaciones se deterioran, cuando el entorno comienza a tomar partido y cuando la persona siente que debe defender su historia ante todos, incluso antes de que existan conclusiones?
A veces, la soledad no comienza cuando alguien se marcha. Comienza cuando las personas dejan de preguntar cómo estás; cuando el entorno te observa, pero ya no se acerca; cuando los espacios comunitarios se cierran y cuando las instituciones parecen mirar únicamente los antecedentes, los formularios y los procedimientos, olvidando que detrás de cada documento existe una vida que continúa transcurriendo.
Una persona no deja de necesitar contención porque esté siendo investigada, ni pierde su dignidad porque atraviese un conflicto.
Desde una mirada fenomenológica, comprender una experiencia humana implica acercarnos a cómo la vive la persona, al significado que le atribuye, a su contexto y a las relaciones que la rodean. No significa dar por cierta una versión sin examinarla, ni reemplazar la investigación por emociones. Significa comprender que, mientras se esclarecen los hechos, también existen necesidades humanas que no pueden quedar suspendidas.
Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: hablamos de salud mental, de prevención, de bienestar y de protección de la infancia, pero muchas veces olvidamos que el sufrimiento de un niño no ocurre aislado del mundo adulto que lo rodea.
Los niños, niñas y adolescentes necesitan adultos capaces de ofrecer seguridad, presencia y orientación. Sin embargo, ¿cómo acompañamos a una familia si quienes la integran están emocionalmente agotados, aislados o sin redes de apoyo? ¿Cómo pedimos que una persona reflexione, tome decisiones y gestione sus emociones si no encuentra un espacio seguro donde ordenar lo que está viviendo?
No se trata de justificar conductas ni de minimizar responsabilidades. Se trata de comprender que exigir fortaleza sin ofrecer apoyo puede profundizar el sufrimiento que pretendemos aliviar.
Los programas sociales , escolares y comunitarios cumplen funciones importantes. Sus protocolos, técnicas y procedimientos son necesarios para organizar las intervenciones y resguardar derechos. Sin embargo, ningún instrumento administrativo puede reemplazar por sí solo una escucha genuina; ningún formulario puede contener una crisis emocional; ningún informe logra, por sí mismo, devolverle a una persona la sensación de que no está enfrentando el mundo completamente sola.
La escucha activa, la orientación oportuna, la reflexión compartida y el pensamiento crítico no son adornos de una intervención profesional. Son parte de una relación de ayuda que permite reconocer necesidades, comprender contextos y construir alternativas posibles.
A veces, el primer paso para recuperar la capacidad de pensar no es recibir otra instrucción, sino encontrar a alguien que pueda escucharnos sin humillarnos, ayudarnos a distinguir los hechos de los temores y acompañarnos a identificar qué podemos hacer hoy.
Daniela Foster Muñoz
Orientadora Familiar – Relaciones Humanas
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www.diariolabrador.cl/ Columna : DANIELA FOSTER
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