
Cuando el dolor se disfraza de envidia.
Hay emociones que aprendimos a esconder porque nos enseñaron que no estaba bien sentirlas. La envidia es una de ellas.
A veces aparece en silencio, cuando vemos a alguien conseguir aquello que nosotros también deseábamos: un trabajo, una casa, reconocimiento, una oportunidad, una relación o simplemente la tranquilidad que sentimos que nos falta.
Sonreímos. Felicitamos. Decimos: “Qué bueno por ti”.
Pero por dentro algo duele, te resuena.
Y aparece esa pregunta que pocas veces nos atrevemos a decir en voz alta: “¿Por qué él sí y yo no?”
Esa pregunta no nos convierte en malas personas. Nos convierte en seres humanos.
La envidia, como otras emociones, puede estar tratando de mostrarnos algo. Puede hablarnos de una frustración, un deseo postergado, una inseguridad o incluso de una capacidad que todavía no hemos podido desarrollar.
El problema no es sentir. El problema comienza cuando no sabemos qué hacer con aquello que sentimos.
Cuando una emoción no encuentra palabras, puede buscar otras formas de salir. Puede transformarse en crítica, descalificación, indiferencia, exclusión, rumor o maltrato. Y entonces el dolor que comenzó dentro de una persona termina alcanzando a otra.
Así, algo que parecía pequeño puede entrar en una familia, deteriorar una amistad, dividir un equipo de trabajo o afectar profundamente la confianza de quien recibe ese trato.
Por eso, como sociedad deberíamos hacernos una pregunta: ¿estamos enseñando a nuestros niños, jóvenes y adultos qué hacer con sus emociones?
Tal vez el trabajo comienza mucho antes de que aparezca una crisis.
Comienza en la infancia, en el juego.
Cuando un niño pierde y aprende a tolerar la frustración. Cuando espera su turno, comparte, negocia, pide ayuda o descubre que ganar no lo hace superior y perder no lo hace menos valioso.
Por eso, hablar de salud mental no debería significar solamente hablar de enfermedad o de crisis. También significa hablar de prevención, vínculos, habilidades sociales, familia, comunidad y buen trato.
Nos hacen falta herramientas socioemocionales.
Herramientas para decir “esto me dolió” antes de convertir el dolor en agresión. Para reconocer “siento envidia” sin vergüenza y preguntarnos qué nos está mostrando esa emoción. Para decir “necesito ayuda” antes de llegar al límite. Para comprender que el éxito de otra persona no disminuye nuestro propio valor.
Por eso, cuidar las relaciones también es una forma de prevención.
una pregunta: “¿Qué hicimos como familia, escuela, comunidad y sociedad para enseñarle esas herramientas?”
Porque nadie nace sabiendo gestionar la frustración, resolver conflictos, pedir ayuda o relacionarse sanamente. Todo eso se aprende.
Se aprende jugando. Se aprende conversando. Se aprende observando. Se aprende acompañando.
No se impone: se construye comprendiendo la realidad de cada persona, familia y organización, sus dinámicas, recursos y necesidades. La orientación y el acompañamiento permiten transformar los protocolos en prácticas humanas, porque una cultura que aprende a escucharse, respetarse y ponerse de acuerdo puede prevenir conflictos, fortalecer vínculos y avanzar hacia una convivencia más sana.
Daniela Foster Muñoz
Orientadora Familiar – Relaciones Humanas
Para orientación, consultas me puedes escribir aquí en diario el labrador
naturalnutrabienestar@gmail.com
www.diariolabrador.cl/ Columna : DANIELA FOSTER
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