¡Mamá!
Nelson Retamales Tirado
Hoy, en el Día de la Madre, quienes aún la tienen, compartan con ella, reúnanse en familia en torno a ese ser tan especial y que lo da todo por sus hijos. Es extraño que, la mayoría de los hijos, espera este día para acordarse de ella, mientras el resto del año, inmersos en sus quehaceres y en su propia familia, la ignoran.
Y la vieja querida, se va quedando sola, viviendo de recuerdos, de lo que una vez fue y de las ilusiones que se hizo con esos pequeñines que la buscaban incesantemente y a cuyos brazos corrían cada vez que se sentían en peligro.
Y pensar que, a algunos desalmados llega a molestarles.
Para quienes la hemos perdido, sentimientos encontrados entre los bellos recuerdos y la necesidad de estrecharla en ese abrazo que aliviaba nuestras penas.
A una madre, cual sea su condición, se le debe amar sin condiciones, como ella nos amó, sin límites y, si todavía vive, no dejen de visitarla asiduamente para que jamás -independiente de si tiene o no recursos- se sienta sola ni desamparada.
Y si ya no está físicamente, siéntanla, pues su espíritu está cerca de cada uno, cuidándonos, queriéndonos, atenta a lo que nos pueda pasar y, si puede, déjela una flor, récele una oración y agradézcale a Dios por haberla tenido.
Como años ha, permítanme compartir un poema del obispo chileno Ramón Ángel Jara que interpreta fielmente el sentimiento hacia ella:
“Hay una mujer… que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados.
Una mujer que, siendo joven, tiene la reflexión de una anciana y en la vejez trabaja con el vigor de la juventud.
Una mujer que, si es ignorante, descubre con más acierto los secretos de la vida que un sabio, y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños.
Una mujer, que siendo pobre se satisface con los que ama, y siendo rica, daría con gusto sus tesoros por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud.
Una mujer que, siendo vigorosa, se estremece con el llanto de un niño, y siendo débil se reviste, a veces, con la bravura de un león.
Una mujer que, mientras vive no la sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan, pero después de muerta daríamos todo lo que poseemos por mirarla de nuevo un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.
De esa mujer, no me pidas el nombre si no quieres que empape en lágrimas el pañuelo… esa mujer yo la vi por el camino, esa mujer… ¡es mi madre!
Cuando crezcan vuestros hijos leedles esta página y ellos, cubriendo de besos vuestra frente os dirán que un humilde viajero ha dejado aquí, para ti y para ellos, un boceto del retrato de su madre.»
¡Benditas seas madre… bendita seas por siempre!
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