
Aprender a querernos, para aprender a vivir y convivir
¿No te ha pasado que te has sentido inseguro o insegura frente a alguien que consideras más lindo, más gracioso o más inteligente? ¿Te cuesta decir que no? ¿Eres capaz de expresar cuando sientes que te han pasado a llevar?
Hoy en día, esto es más habitual de lo que parece. Lo escucho en la consulta, en niños y niñas, en adolescentes, en adultos y en distintos ambientes laborales. Es una realidad transversal que habla de cómo nos estamos valorando y, también, de cómo nos estamos relacionando.
Un joven, abatido por las críticas, pide ayuda a un maestro para aprender a valorarse. Este le entrega un anillo y le encarga venderlo por una moneda de oro. En el mercado, nadie acepta el precio: lo consideran demasiado alto. Frustrado, el joven regresa.
El maestro entonces le pide consultar a un joyero. Este examina la pieza y revela que vale decenas de monedas de oro. Sorprendido, el joven comprende su error. (Adaptado del cuento de Jorge Bucay “El verdadero valor del anillo”).
El maestro le explica que, como el anillo, su valor es real, pero no cualquiera puede reconocerlo. No debe depender de la opinión de quienes no saben apreciarlo.
Algo parecido ocurre con las personas. Durante años hemos aprendido a vivir, pero no necesariamente a convivir. Sabemos trabajar, producir y cumplir responsabilidades, pero muchas veces no sabemos relacionarnos desde el respeto, la empatía y la comprensión.
Como sociedad, hemos puesto el énfasis en lo externo: resultados, exigencias y adaptación a normas culturales o colectivas, que son necesarias para vivir en sociedad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos cómo nos estamos vinculando y qué habilidades necesitamos para construir relaciones más sanas.
Hoy se vuelve cada vez más necesario alfabetizarnos en inteligencia relacional, así como aprendemos a leer y escribir. Esto significa incorporar herramientas como la comunicación asertiva, la escucha activa, la empatía, el reconocimiento emocional y la autoestima. Son habilidades prácticas que influyen directamente en la forma en que nos tratamos en la familia, en la pareja, en el trabajo y en la comunidad.
Cuando una persona trabaja en sí misma, desarrolla mayor claridad emocional. Aprende a reconocer sus necesidades, a expresar lo que siente sin herir y a comprender a los otros. Desde ese lugar, cambia la dinámica de las relaciones: disminuyen los conflictos innecesarios, aumenta la colaboración y se fortalecen los vínculos. No se trata de evitar las diferencias, sino de aprender a manejarlas con respeto.
Muchas dificultades que vemos hoy distancias familiares, problemas de comunicación, tensiones en equipos de trabajo no nacen de la mala intención, sino de la falta de herramientas relacionales. Nadie nos enseñó a dialogar, a poner límites sanos o a validar emociones.
Este proceso comienza dentro de cada uno. Cuando una persona se reconoce, se valora y fortalece su autoestima, mejora su forma de vincularse. Se vuelve más consciente de sus palabras, más respetuosa en sus decisiones y más abierta a comprender a los demás.
Este nos invita a reflexionar sobre la importancia de reconocernos. Muchos de los conflictos que vivimos, o el sufrimiento que sentimos, nacen de la percepción que tenemos de nosotros mismos. Es momento de preguntarnos qué nos gusta, cómo nos estamos relacionando y qué necesitamos fortalecer para construir bases más firmes.
La familia y los adultos significativos tenemos un rol fundamental en niños, niñas y adolescentes. Somos modelos permanentes. La pregunta es: ¿qué estamos modelando hoy?
Daniela Foster Muñoz
Orientadora Familiar
orientacoachlife@gmail.com
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