
Conciencia del patrimonio cultural
La noción de “patrimonio cultural” está en Chile hace ya más de dos décadas. En la plaza pública es parte del debate cotidiano. Con dificultad logra que políticos más visionarios tengan interés por el asunto e integren el dinámico y evolutivo concepto. Es que el patrimonio dejó de ser cuestión de eruditos aislados, pues incumbe y agita a una ciudadanía inquieta, que adquiere más protagonismo, puesto que está en juego el modo de habitar el territorio. En efecto, en el modo de vivir ante el patrimonio se echan los dados del futuro para nuestro país.
Digamos que surge una conciencia comunitaria más amplia, reflexiva y responsable. La sociedad actual advierte con lucidez, no obstante, los graves olvidos y abandonos inexcusables, que el patrimonio cultural no es asunto reservado a expertos. Es un bien común. De ahí que haya mayor interés por descubrir y apreciar el patrimonio, del cual deben derivarse adecuadas políticas públicas. Esto suscita en la población disputas acaloradas en torno a lo que vale o no la pena preservar por su significación y trascendencia en los territorios.
¿Qué entendemos por patrimonio cultural? Es una noción enriquecida durante el siglo XX y al presente siglo XXI. Las guerras y destrucciones desoladoras de invaluables bienes culturales en pueblos y naciones del mundo entero, generó graduales controversias y reflexiones, maduradas y expresadas en cartas internacionales (UNESCO), que inspiran y orientan, proponen normativas para la protección, rescate, salvaguardia y difusión del patrimonio en el planeta.
Digamos aquí que patrimonio significa sencillamente “herencia”; abarca los bienes, usos y costumbres que un pueblo recibe por la transmisión de las generaciones precedentes. Cultura, por su parte, procede de “cultivar”, no sólo la tierra, sino eso que es constitutivo a la especie humana: la vida como acontecimiento de libertad, inteligencia y sentir. Al enfrentar, pues, los retos de la geografía y circunstancias, deciden, crean y desarrollan los hombres, las más variadas expresiones del “espíritu”: símbolos, el habla, modos de habitar y de construir, ritos y fiestas, instituciones sociales, económicas y políticas, realizaciones artísticas, del pensamiento o investigaciones de la ciencia, que de la memoria oral pasa a la escrita, cual huella en obras, de tradición histórica, testimoniada en edificaciones pequeñas o monumentales. De ahí la pluralidad de culturas y patrimonios.
Al tomar conciencia del “patrimonio cultural”, agudizamos la mirada en la especie humana: al quehacer humano configurador de mundos, heredero y transmisor de historia. ¡Únicamente los hombres y pueblos heredan y trasmiten! El hombre, pues, se forja a sí mismo, mediante la cultura, que lo expresa, eleva y desarrolla. De ahí que una definición sencilla de cultura sea “estilo de vida de un pueblo”, lo que lo caracteriza, su temple anímico.
Nuestra época de globalización tecnológica, homogeneiza y nivela todo. Pero, es también la época en que brota con más perspicacia la conciencia por lo genuino y autóctono del patrimonio cultural y natural. Entre pluralidad de culturas y formas de vidas, enfoques y valores dada la interconectividad, ¿qué distingue a nuestro patrimonio cultural en la región? En este sentido, es indispensable que el debate público y cotidiano se instaure, para reconocer socialmente lo que hoy es relevante y significativo, lo debe tutelarse para las generaciones futuras, especialmente, en Melipilla y sus alrededores, con profundas raíces y tradiciones. Por su parte, el “patrimonio natural”, pone el acento en preservar y resguardar espacios naturales, que nos pertenecen, cuando el planeta y ecosistema enfrentan la amenaza de un estilo de vida destructivo y contaminante. ¡La vida humana y el patrimonio peligran! ¿Será, entonces, que cautelar el patrimonio cultural y natural sea apostar por un futuro más humano y digno?
Corresponde a nuestra comunidad nacional y local, y a dirigentes y a las nuevas autoridades nacionales que asumirán en marzo, crear mayor conciencia del patrimonio cultural. Por desgracia, la fiebre por lo “moderno”, deriva en preocupante desprecio por el pasado. “Borrón y cuenta nueva” es la necia y liviana consigna, a veces, con gran ignorancia. Así, muy pronto olvidamos lo que se hizo y quién lo hizo… Vivimos el mero instante, el día inmediato, sin perspectiva histórica. Ello nos enceguece. Estrecha la mirada del presente y futuro, dejándola sin pasado vivo, sin historia ni raíces.
Nos toca, pues, ¡reavivar la conciencia del patrimonio cultural!
Horacio Hernández Anguita
Fundación Roberto Hernández Cornejo
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