
Ley Karin: legislar es el comienzo, aprender a convivir es el desafío
Una tarde, un niño llegó a casa enojado. Había tenido un problema en el colegio y entró dando un portazo.
Su padre lo miró y le dijo:
—¡Aquí no se grita! ¡Cálmate!
El niño respondió:
—¡Pero estoy enojado!
—¡No tienes por qué estarlo! —contestó su padre.
El niño se encerró en su pieza.
Quizás ese día aprendió algo que muchas personas hemos aprendido, casi sin darnos cuenta: que algunas emociones es mejor esconderlas porque expresarlas incomoda a los demás.
Y ahí comienza una historia que vale la pena mirar con atención.
Porque la violencia no aparece de la nada.
No siempre comienza con un golpe. A veces comienza mucho antes: con una palabra que humilla, con un grito que se vuelve costumbre, con la incapacidad de escuchar, con una rabia que nadie nos enseñó a gestionar o con la creencia de que quien tiene más fuerza tiene también la razón.
Por eso, hablar de violencia solamente desde una ley, una denuncia o una sanción es necesario, pero insuficiente.
La Ley Karin representa un avance importante para enfrentar la violencia y el acoso en los espacios laborales. Sin embargo, la violencia es mucho más amplia. Puede aparecer en nuestras familias, escuelas, calles, relaciones de pareja, redes sociales y lugares de trabajo.
Es transversal.
Y si realmente queremos prevenirla, necesitamos mirar también aquello que ocurre antes del conflicto.
¿Cómo estamos educando nuestras emociones?
Porque nadie nace sabiendo manejar sus emociones. Eso también se aprende.
Aprendemos observando. Aprendemos de nuestros padres, profesores, compañeros y de los adultos que han sido importantes en nuestra vida.
Por eso necesitamos recuperar algo que parece sencillo, pero que hoy muchas veces falta: espacios para conversar.
Espacios donde podamos decir “estoy enojado”, “me dolió”, “tengo miedo” o “necesito ayuda” sin que inmediatamente aparezcan la burla, el juicio o el rechazo.
La prevención de la violencia también pasa por ahí: por construir, poco a poco, una cultura permanente de buen trato.
Esto no significa justificar las conductas violentas. Todo lo contrario.
Significa comprender que prevenir también es educar, contener, poner límites y enseñar otras formas de relacionarnos.
Quizás hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos quién tiene la culpa y muy poco a preguntarnos:
¿Qué estamos haciendo para que nuestros niños, jóvenes y adultos aprendan a convivir mejor?
Como Orientadora Familiar, creo que ahí existe uno de los grandes desafíos de nuestra sociedad.
Porque una comunidad no cambia solamente cuando castiga la violencia.
La verdadera prevención comienza mucho antes de una denuncia, de una sanción o de una agresión.
Comienza en casa.
Comienza cuando un adulto decide escuchar en lugar de gritar.
Cuando un padre le enseña a su hijo que estar enojado está bien, pero hacer daño no.
Cuando una escuela entiende que educar también significa enseñar a convivir.
Cuando en un trabajo comprendemos que la productividad y el buen trato no son enemigos.
La cultura del buen trato no se decreta.
Se practica.
Porque la violencia puede comenzar mucho antes de un golpe.
Pero la prevención también.
Daniela Foster Muñoz
Orientadora Familiar – Relaciones Humanas
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www.diariolabrador.cl/ Columna : DANIELA FOSTER
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