Culpable soy yo
Nelson Retamales Tirado
Si hay una actividad que es manejable, absolutamente, y en beneficio propio, pero, orientada a los suyos, es la política contingente y le pongo apellido, para separarla de la verdadera política, de la política a secas, aquella que los entendidos la consideran el arte de gobernar.
La política es, por tanto, el conjunto de decisiones, acciones y discusiones que permiten que una sociedad se organice, que determinen el establecimiento de las funciones de gobierno, que generen leyes que regulen la convivencia social, que refleje y limite la separación de poderes -se entiende en un Estado democrático-, que reflejen los valores, principios y objetivos del Estado y, que establezca cómo se reparten los recursos disponibles, todo, tras el ansiado bien común que debe ser la causa final del ordenamiento jurídico necesario para su buena práctica, es decir, para que beneficie a la totalidad de los ciudadanos, aplicando condiciones sociales, institucionales y socioeconómicas. Olaf Schulze dice que el bien común se refiere en general al bienestar de todos los miembros de una comunidad y también al interés público.
Pero todo eso pasa a segundo plano cuando hablamos de política contingente, como la he apellidado al inicio, pues aparecen los intereses personales, las ambiciones colectivas reunidas en un referente político -algunos de los cuales, en sus afanes totalitarios, buscan someter a la ciudadanía- y se comienzan a tergiversar los hechos de tal modo que, una misma cuestión es interpretada de distinta forma por quienes disienten.
Una de las interpretaciones más curiosamente graves -para los que creemos en la democracia- es que Cuba vive una democracia, en circunstancias que es un hecho público y notorio la pobreza de los cubanos y la ausencia de libertad y otros derechos fundamentales, al extremo que ni siquiera pueden elegir qué comer -menos elegir a sus autoridades- y es tan tremendo el “lavado de cabeza” que, la mayoría cree, en verdad, que están en el Paraíso y la minoría que no, es perseguida y sufre las penas del infierno.
Pero para ir más cerca, tenemos la frustrada postulación de la expresidenta Bachelet a la ONU. En su momento, por sí y ante sí, el entonces presidente Boric consideró que la mejor carta para ocupar la Secretaría General del organismo multilateral, era ella. Lo decidió y lo hizo, sin consultar a nadie y peor aún, sin consultar a la oposición que se aprestaba a asumir el gobierno pues había ganado las elecciones. Y aparece la magia de izquierda dando vuelta la situación y, en vez de culpar a Boric por lo poco prolijo que fue en la proposición, al no socializarla, ahora el discurso es culpar del fracaso de una postulación que no tuvo apoyo internacional -salvo México y Brasil- al actual gobierno por no haberle otorgado patrocinio a una decisión personal de quien habitaba un cargo de gobierno -importante por cierto- pero que no representaba la decisión del país y que además exigía incurrir en gastos.
Todo, sin perjuicio de la posibilidad cierta que fuera vetada por alguno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, entre los que se halla Estados Unidos, con quien el gobierno anterior tuvo algún incordio.
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