Recuerdos dieciocheros
Nelson Retamales Tirado
Se nos viene el dieciocho, y basta decirlo sin más, para comprender que estamos hablando del dieciocho de septiembre, fecha en que se conmemora la instalación de la Primera Junta Nacional de Gobierno que abre el camino para muestra independencia nacional. De aquello, han pasado 216 años y, hasta el día de hoy, se celebra con verdadera devoción y patriotismo. Desde luego, es una fecha esperada y que significa unión de nuestra nacionalidad, por sobre pequeñeces de cualquier tipo, incluidas las políticas.
Pero la vida ha cambiado, la modernidad nos ha alejado de nuestras raíces, de nuestras verdaderas tradiciones y solo van quedando, para el rescate, la empanada, el vino tinto y uno que otro volantín meciéndose en el aire, todavía limpio, de Melipilla.
La Medialuna de Melipilla, que albergara grandes competencias de rodeo y un Campeonato Nacional de Básquetbol, ya no existe y se echa de menos, porque era el epicentro de las celebraciones patrias ya que, hacía de punto de atracción para las muchas ramadas que se instalaban ordenadamente en la ex cancha Medialuna, donde también abundaban las chicherías y las fritanguerías que acercaban los precios a los miles de melipillanos que acudían al sector, mientras otros entraban a las fondas a comer, beber y bailar.
Al otro lado del camino a Huilco, el Cerro de la Cruz acogía a quienes encumbraban volantines en sus reñidas competencias o “comisiones” mientras la familia, sentada en el suelo, sobre un paño, disfrutaba un pícnic, y los chicos buscaban la forma de cómo llegar a “las pailas”, a recoger los volantines que los mandaban cortados.
El homenaje a quienes nos legaron la Patria se hacía el día que correspondía, el 18, y desfilaban todos los colegios -no una comitiva- e instituciones frente a las autoridades y en donde se lucían las pocas bandas de guerra existentes, lideradas por la Escuela Parroquial y la Escuela 1, en una guerra de cuál era la mejor.
El día 19 era la fiesta de los niños. Desde tempranas horas, en la Plaza, la Municipalidad de Melipilla organizaba competencias infantiles, con juegos tradicionales, como la carrera de tres patas, la carrera de ensacados, la del huevo en la cuchara, etc., y también había un ring para que subieran los niños a pelear por un premio de una moneda.
Una vez me subí, me pegaron un solo puñetazo y me bajé medio aturdido. Recibí la moneda y ésta me alcanzó para un helado de barquillo y para comprar La Tercera -primer diario que compro en mi vida- y me fui feliz a mi casa, que quedaba por Ortúzar, a tres cuadras de la Plaza de Armas.
Sin duda eran otros tiempos, dicen que mejores, donde había tranquilidad, se podía salir a la calle sin temores y en los cuales todos nos conocíamos, nos saludábamos y, finalmente, nos ayudábamos, sin que fuera impedimento que nuestros padres pertenecieran a un partido político diverso de los demás, pues había educación cívica y sobre todo, había respeto por la persona porque todavía no llegaba la ideologización.
¡Cómo añoro aquellos dieciochos, pero sé que no volverán!
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